22 de junio de 2014

PASEANDO




Primera hora de la mañana, mochila preparada, una botella de agua, las llaves y el diccionario.
Salgo de casa con dirección a ninguna parte. Hoy me he propuesto dejarme llevar. Mis pies pisan el adoquinado, está hecho de cuadros, de pequeñas celdas donde se depositan minúsculas porciones de agua cuando llueve, o se reparte el polvo de un largo día de uso social. 
Las calles son largas rectas perfectamente encuadradas, para que nada retenga el pensamiento. Tan solo hay que prestar atención a los cruces, y ahí estamos bien aleccionados. Rojo pararse. Observas detenidamente la luz que esta inmediatamente debajo. ¡Verde! qué alegría da, una porción de libertad, cruzo el paso cebra. Me gusta el nombre. Y así poco a poco sorteando verdes y rojos mis pasos me van alejando y acercando a no sé dónde.
Por momentos intento ponerme como meta un destino, sobre todo cuando en algún momento de mi caminata por la urbe, en vez de mirar fijamente a la luz oscura que está por debajo de la roja, la mirada se me fuga hacia el cielo. Entonces, mi respirar se acelera, mis ojos parpadean con más rapidez, y el aire adquiere una pizca de dulzura. Inmediatamente aparece el azul del mar cambiando el escenario de mi pensamiento, invitándome, casi puedo percibir la sensación del andar descalza por la arena.
¡Verde!.
Sigo sorteando calles, mirando escaparates, comparando precios. Entro en una librería, ese olor a tinta, me sigue secuestrando, queda claro que lo que se vive de pequeña cuesta de dejar por el camino. Quizás una buena comparativa sea eso…un libro. Mi mente cómo un cliché quedó marcado de las experiencias absorbidas y cuándo aparece el resorte desencadenante, mi camino se viste de recuerdos sin poderlo controlar.  
¡Rojo!
Esta vez no es un semáforo, soy yo, que con una doble ración de conciencia no quiero bajar por el tobogán de los recuerdos, he salido a pasear por la ciudad. Sigo mirando libros, lo primero que te llama la atención es la portada, nuevamente la primera decisión entra por los ojos, y eso me indica que últimamente he dejado de aprender, de interesarme por cuanto sucede a mí alrededor. Hummm este pensamiento me molesta. Sigo mirando sin saber que estoy buscando. Pero quizás hoy era esa la finalidad… ¿Salí a encontrarme?
Rojo, verde, pasó cebra, verde, rojo, azul, azul, azul, mar, arena, frescor, cielo, todo está ahí…y yo también, con mi mochila, con mi agua, con mi mente abierta a escuchar cuánto la vida quiera ofrecerme, y a descubrir los relatos que de ella se desprenden. Letras que bailaran por mi alma hasta que decida ordenarlas. 
En toda búsqueda siempre hay que regalarse el tiempo. La soledad para reposar los pensamientos y eliminar las impurezas con las que se suele impregnar, no porque sean malas, ojo, porque aprender es saborear cada realidad con la percepción del alma. Pero cómo todo fruto siempre hay porciones que podemos desechar. 
Hoy no he salido de casa, he viajado con mi fantasía para poder pasear por mis adentros. 
He limpiado de adoquinado mi entorno más cercano, quite los muros que a veces levanto, y regué mi esencia, con recuerdos que me motivan a cerrar los ojos para sentir la brisa de la vida dentro de mí.
Y regresé a las orillas de mi mediterráneo, lo llevo tan dentro como el cliché de mi pasado. Siempre presente, con tan solo necesitarloo: su aroma, su rumor, su esencia se desborda y aborda sin más,  me hace cosquillas en los recuerdos y transforma mi humor en amor. 
Me levanto de esta orilla, aun me quedan muchos rojos y verdes para cruzar, muchas líneas para escribir, y un buen diccionario con el que aprender a transformar lo que la vida me regala en palabras.

                                                          Anna B. Pellicer




No hay comentarios:

mareas...